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Nacimiento y Primeros Años del Santo Hno Pedro. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Radio (Ricardo Robles)   
Miércoles, 24 de Abril de 2013 07:27

 

Nacimiento y Primeros Años
El Santo Hermano Pedro de San José de Betancur nace en Villaflor, población del sur de la Isla de Tenerife el 21 de marzo de 1626 y muere en Guatemala el 25 de abril de 1667. La distancia en el tiempo no opaca la luz que emana de su figura y que ha iluminado tanto a Tenerife y a las Islas Canarias como a toda la América Central desde aquellos remotos días de la Colonia.
Pedro de Betancur supo leer el Evangelio con los ojos de los humildes y vivió intensamente los Misterios de Belén y de la Cruz, los cuales orientaron todo su pensamiento y acción de caridad. Hijo de pastores y agricultores, tuvo la gracia de ser educado por sus padres profundamente cristianos; tuvo cuatro hermanos: Mateo, Pablo de Jesús, Catalina y Lucía. De ellos, Mateo se vino a América, posiblemente a Ecuador; Pablo de Jesús se trasladó a La Orotava, muriendo a avanzada edad; Catalina, la hermana mayor, se casó y vivió en Garachico, hasta su muerte; y Lucía, la menor, se hizo monja.
El origen de la familia se remonta a don Jean IV de Béthencourt, quién dió inicio a la conquista de las Islas Canarias en 1401. El apellido Betancur era originalmente Bethancourt, de origen normando, sufriendo cambios a Bethancur, Betancurt, Bethancuourt y Betancur. Este apellido, en varias de sus diferentes modalidades, se encuentra en otros países de América, por ejemplo Cuba, Colombia, Argentina y Guatemala, pero se desconoce si son del mismo origen familiar.
La niñez de Pedro transcurrió en la bella campiña de Villaflor, tranquila y alejada del mundo. Era un niño modesto, callado, tal vez un poco retraído, pero de constitución fuerte por sus trabajos en el campo. Desde muy pequeño tuvo predilección por las cosas de Dios, orando todo el tiempo, incluso cuando estaba en el campo cuidando las ovejas de su padre.
La familia Betancur no poseía dinero, eran de abolengo pero de pocos recursos. Su papá tenía tierras y ovejas, que perdió en manos de un usurero, habiendo aceptado que Pedro, entonces de 12 años, entrada al servicio de tal persona como condición para recuperarlas. Varios años estuvo Pedro en esta condición, que desempeñó con toda humildad y fidelidad.
A los 23 años abandonó su nativa Tenerife y, después de 2 años, llegó a Guatemala, tierra que la Providencia había asignado para su apostolado misionero.
Apostolado en Guatemala
Apenas desembarcado en el Nuevo Mundo, una grave enfermedad lo puso en contacto directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud, quiso consagrar su vida a Dios realizando los estudios eclesiásticos pero, al no poder hacerlo, profesó como terciario franciscano en el Convento e Iglesia de San Francisco (Antigua Guatemala), con un bien determinado programa de revivir la experiencia de Jesús de Nazaret en la humildad, la pobreza, la penitencia y el servicio a los pobres.
En un primer momento realizó su programa como custodio y sacristán de la Ermita del Santo Calvario, cercana al convento franciscano, que se convierte en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales, cárceles, las casas de los pobres; los emigrantes sin trabajo, los adolescentes descarriados, sin instrucción y ya entregados a los vicios, para quienes logró realizar una primera fundación para acoger a los pequeños vagabundos blancos, mestizos y negros. Atendió la instrucción religiosa y civil con criterios todavía hoy calificados como modernos.
Construyó un oratorio, una escuela, una enfermería, una posada para sacerdotes que se encontraban de paso por la ciudad y para estudiantes universitarios, necesitados de alojamiento seguro y económico. Fue el primer alfabetizador de América. Recordando la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra, llamó a su obra «Belén».
La Orden Bethlemita
Otros terciarios lo imitaron, compartiendo con el Santo penitencia, oración y actividad caritativa: la vida comunitaria tomó forma cuando el Santo escribió un reglamento, que fue adoptado también por las mujeres que atendían a la educación de los niños; estaba surgiendo aquello que más tarde debería tener su desarrollo natural: la Orden de los Bethlemitas y de las Bethlemitas, aun cuando éstas sólo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede más tarde.
El Hermano Pedro se adelantó a los tiempos con métodos pedagógicos nuevos y estableció servicios sociales no imaginables en su época, como el hospital para convalecientes, el primero de este tipo en el mundo. Sus escritos espirituales son de una agudeza y profundidad inigualables.
Uno de sus mayores deseos fue el volver a su tierra y hacer una peregrinación al Santuario de la Virgen de Candelaria por la que sentía una gran devoción desde su infancia y que de hecho es la patrona de las Islas Canarias. Sin embargo, el Hermano Pedro no vería cumplido su deseo debido a su muerte repentina.
Muerte y Proceso de Canonización
Cueva del Santo Hermano Pedro (El Médano, Tenerife).
Tumba del Hermano Pedro en Guatemala.
Muere el 25 de abril de 1667, apenas a los 41 años el que en vida era llamado «Madre de Guatemala». Sus restos se encuentran en la Iglesia de San Francisco en la Antigua Guatemala donde es visitado por miles de fieles todos los años. El 2 de mayo de ese año llega a Guatemala la Real Cédula, que doña Mariana de Austria, Reina Gobernadora, regente de Don Carlos II, había expedido el 10 de noviembre de 1666 otorgando la autorización para la fundación del Hospital de Belén.
El proceso para la canonización del Santo Hermano Pedro de Betancur llevó aproximadamente 350 años. El proceso se inicia formalmente en 1698, aunque se venía recopilando información sobre la vida, muerte y virtudes del Hermano Pedro desde un año después de su muerte.
El Papa Clemente XIV lo declaró Venerable, el 25 de julio de 1771.
Sin embargo, la supresión de la rama masculina de la Orden Betlemita, en 1820, la falta de dinero y la ausencia de milagros testificados por médicos y testigos presenciales hicieron que la causa se detuviera por mucho tiempo, siendo reactivada completamente en la década de los años 60 del siglo pasado.
En 1974, se presenta al Papa Pablo VI la solicitud para que beatificara a cinco venerables, entre ellos al Hermano Pedro, en vía excepcional por "fama miraculorum". Cuatro años más tarde, Juan Pablo I se declaró de acuerdo con el modus procedendi de la causa, indicado por Pablo VI. Igualmente Juan Pablo II declaró favorable las disposiciones de sus predecesores y, el 22 de junio de 1980, beatificó al Hermano Pedro, en procedimiento extraordinario celebrado en la Basílica de San Pedro del Vaticano.
A más de tres siglos de distancia, la memoria del «hombre que fue caridad» es sentida grandemente, viva y concreta, en Tenerife, en Guatemala y en todos los lugares donde se conoce su obra.
El papa Juan Pablo II canoniza al Hermano Pedro el 30 de julio de 2002 en la Ciudad de Guatemala, durante su Tercera Visita al país centroamericano. Este viaje apóstolico también incluyó Canadá y México, país este último donde canonizó a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vidente de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en 1531. De esta manera el Hermano Pedro se convirtió en el primer santo de las Islas Canarias, en el primer santo de Guatemala y en el primer santo de Centroamérica.

 

 
Ah Resucitado. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Radio, (Ricardo Robles)   
Domingo, 31 de Marzo de 2013 06:42

 

 

 

CRISTO AH RESUCITADO

Cristo ha resucitado. Aleluya. Este es el gran mensaje de la Pascua y este es el fundamento de la fe cristiana. Por eso la Iglesia no cesa de proclamar esta gozosa noticia a todos los hombres de la tierra, especialmente a aquellos hermanos que sufren persecución, desprecio y hasta la misma muerte por confesar su fe en la resurrección de Jesucristo y por ofrecer amor, verdad y justicia a sus semejantes. Pero la confesión de la resurrección de Jesucristo no sólo le afecta a Él, también nos afecta a todos los cristianos. Injertados en Cristo resucitado por la acción del Espíritu Santo en el sacramento del bautismo, somos invitados a conocerlo, a seguirlo y a permanecer en Él por medio de una vida santa, avanzando cada día en compañía de los hermanos hacia la Pascua eterna.

Ciertamente las dificultades, los problemas y los sufrimientos de la vida no desaparecerán en el recorrido del camino, pero nadie ni nada podrá separarnos ya del amor de Jesucristo. Como nos decía el Papa Benedicto XVI, en la Pascua de 2009, la resurrección de Jesucristo “ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, por el que todo hombre y toda mujer pueden pasar para llegar a la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena”. Para que podamos transitar con seguridad por este punte, el mismo Jesús ha querido quedarse con nosotros bajo las especies del pan y del vino en la Eucaristía.

Por eso, la Iglesia, además de proclamar la resurrección de Jesucristo como acontecimiento real e histórico, invita a todos sus hijos a celebrarlo cada día en la Eucaristía y, de un modo especial, el domingo, “día del Señor”. La Iglesia, cumpliendo con el encargo de Jesús a los apóstoles en la última cena, no cesa de invocar cada día el envío del Espíritu Santo en cada celebración eucarística, para que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre del Señor y, de este modo, puedan ser alimento del pueblo peregrino desde este mundo hasta la Pascua eterna. Es más, reserva las especies sacramentales en el sagrario para que todos podamos adorar, escuchar y contemplar el amor del Resucitado hacia cada uno de los seres humanos. Hoy, necesitamos testigos alegres de la Resurrección de Jesucristo.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad de que surjan hombres y mujeres, niños y jóvenes, que se postren de rodillas ante el Señor, reconociéndolo como el único dueño y Señor de sus vidas y el único que merece la entrega incondicional de nuestra existencia. En unos momentos, en los que muchos hermanos confiesan no creer y otros desconocen la presencia del Resucitado en la Eucaristía, es preciso proclamar con el testimonio de la palabra y de las obras que Cristo vive, nos acompaña y quiere regalarnos su Cuerpo y su Sangre para que no vivamos ya para nosotros mismos y para nuestros caprichos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó.

Para todos, feliz Pascua de la Resurrección del Señor.

 

 

Última actualización el Domingo, 31 de Marzo de 2013 06:46
 
Miercoles de Ceniza PDF Imprimir E-mail
Escrito por Radio Catarina (Ricardo Robles   
Martes, 12 de Febrero de 2013 13:48

 

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión,
que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo
para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser
mejores y poder vivir más cerca de Cristo.
 
La Cuaresma dura 40 días; comienza el miércoles de
Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo
largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un
esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos
vivir como hijos de Dios.
 
El color litúrgico de este tiempo es el morado que
significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de
conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.
 
En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de
vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia
Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo
y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas
que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro
pecado, nos alejamos más de Dios.
 
Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de
la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de
nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a
nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y
apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con
alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.
 
40 días
 
La duración de la Cuaresma está basada en el
símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta
días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el
desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los
cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública,
de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.
 
En la Biblia, el número cuatro simboliza el
universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la
tierra, seguido de pruebas y dificultades.
 

La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV,
cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de
renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.
Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de
oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada
en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.
 
La Conversión PDF Imprimir E-mail
Escrito por Radio La Voz de Catarina (Ricardo Robles)   
Viernes, 15 de Febrero de 2013 14:32

Jesús predica la Conversión

La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón. El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida.

La predicación pública de Nuestro Señor Jesucristo empezó con una llamada a la conversión: «se han cumplido los tiempos y se acerca el Reino de Dios; convertíos y creed en la Buena Nueva« (Mc. 1, 15) Más adelante irá explicando las características del Reino, pero desde un principio se advierte que hace falta una postura nueva de la mente para poder entender el mensaje de salvación.

 

Pone a los niños como ejemplo de la meta a que hay que llegar. Hay que «hacerse como niños» o «nacer de nuevo», como dirá a Nicodemo (cfr. Jn. 3, 4) La conversación con la mujer samaritana es un ejemplo práctico de cómo se llama a una persona a la conversión. A Zaqueo también lo llama a cambiar de vida, a convertirse. Lo mismo hará con otros muchos.

 

Sus parábolas sobre la misericordia divina son llamadas a la conversión contando con que nuestro Padre Dios está esperando la vuelta del pecador. Hasta en los últimos momentos de su vida, cuando le van a prender en el huerto, llama a Judas -amigo., ofreciéndole la oportunidad de la conversión.

 

SAN JUAN BAUTISTA PREPARÓ LA VENIDA DEL MESÍAS

Cuando los sacerdotes de Jerusalén enviaron a preguntar a Juan Bautista quién era, contestó: Yo soy la voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías. (Jn. 1, 23) Con estas palabras indica que preparaba el camino del Mesías, que había de venir, predicando la conversión y la penitencia. Sus palabras eran claras y fuertes. San Lucas narra esta predicación y cómo animaba a compartir con los demás lo que se posee, a no exigir más de lo que marca la justicia en los negocios, a no ser violentos, ni denunciar falsamente a nadie (cfr. Lc. 3, 1-18) Para conseguir vivir sin pecado proponía el bautismo de agua y la penitencia. Sin embargo, siempre insistió en que estos medios eran insuficientes, pues él era sólo el precursor: «Yo os bautizo con agua para la penitencia; pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo. No soy digno de llevarle las sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era; reunirá su trigo en el granero, y la paja la quemará en un fuego inextinguible» (Mt. 3. 11-12)

 

Cuando Jesús fue a bautizarse al Jordán, le dijo: «Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» (Mt. 3, 14) Más adelante dirá de Jesús: «He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo» (Jn. 1, 29) San Juan Bautista no tenía el poder de perdonar los pecados, sino solamente predicaba la conversión y la penitencia preparando el camino del Señor. Como fruto de su labor serán muchos los que escucharán la doctrina de Cristo. Los dos primeros discípulos de Jesucristo serán dos discípulos de San Juan Bautista: Juan y Andrés. Además de estos discípulos primeros, muchos otros discípulos de Juan fueron tras Jesús. Juan se llenó de alegría, añadiendo: «Conviene que Él crezca y yo disminuya» (Jn. 3, 30)

 

 

 

 

 

 

 

 

¿QUE ES LA CONVERSIÓN?

 

La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón. El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida, y se decide a cambiar. La conversión a Dios incluye apartar todo lo que aleje de Dios.

 

La conversión exige que se dé primero un arrepentimiento del pecado:

 

El pecado mortal hunde sus raíces en la mala disposición del amor y del corazón del hombre, se sitúa en una actitud de egoísmo y cerrazón, se proyecta en una vida construida al margen de los mandamientos de Dios. El pecado mortal supone un fallo en lo fundamental de la existencia cristiana y excluye del Reino de Dios. Este fallo puede expresarse en situaciones, en actitudes o en actos concretos.

(C.V. E., p. 507)

 

Se puede decir, resumiendo, que: Pecado es todo acto, dicho o deseo contra la ley de Dios.

 

El siguiente paso será abrir el corazón a la luz nueva: «Dios es luz y no hay en Él tiniebla alguna» (1 Jn. 1, 5) San Juan explica las posibles actitudes ante la conversión, diciendo: «Todo el que obra el mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, porque sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, pues están hechas en Dios» (Jn. 3, 20-21)

 

Todos los hombres llevan en su interior la posibilidad de una oposición a Dios. Por el pecado original la naturaleza humana ha quedado debilitada y herida en sus fuerzas naturales. La inteligencia se mueve entre oscuridades y cae fácilmente en engaños. La voluntad se inclina maliciosamente hacia conductas pecaminosas. Las pasiones y los sentidos experimentan un desorden que les lleva a rebelarse al impulso de la razón.

 

Esta inclinación al mal que todo hombre posee, se acentúa con los pecados personales y con la influencia de ambientes corrompidos.

 

Convertirse es, en definitiva, cambiar de actitud, desandar el camino andado. Es una vuelta a Dios, del que el hombre se aparta por la mala conducta, por las malas obras, es decir, por el pecado.

 

Esa vuelta a Dios, que es fruto del amor, incluirá también una nueva actitud hacia el prójimo, que también ha de ser amado.

 

EL REINO DE DIOS EMPIEZA CON LA CONVERSIÓN PERSONAL

Para entrar en el Reino de los Cielos es preciso renacer del agua y del Espíritu; de esta manera anunció Jesús a Nicodemo el comienzo del Reino de Dios en el alma de cada hombre. Para esta nueva vida Dios envía su gracia.

 

La conversión unas veces será de un modo fulgurante y rápido, casi repentina; otras, de una manera suave y gradual; incluso, en ocasiones, sólo llega en el último momento de la vida.

 

En las parábolas del Reino de los Cielos es muy frecuente que el Señor lo compare a una pequeña semilla, que crece y da fruto o se malogra. Con estos ejemplos indica que el Reino de Dios debe empezar por la conversión personal. Cuando un hombre se convierte, y es fiel, va creciendo en esa nueva vida; después va influyendo en los que le rodean. Así se desarrolla el Reino de Dios en el mundo. El camino que eligió Jesucristo fue predicar a todos la conversión, denunciar todas las situaciones de pecado e ir formando a los que se iban convirtiendo a su palabra.

 
SAN IGNACIO DE LOYOLA PDF Imprimir E-mail
Escrito por Radio La Voz de Catarina (Ricardo Robles)   
Martes, 31 de Julio de 2012 06:35

Hoy, 31 de julio, la Iglesia se viste de fiesta para conmemorar el nacimiento para el cielo de SAN IGNACIO DE LOYOLA, en el aniversario de su santa muerte, ocurrida en un día como hoy de 1556 en Roma, Italia. Nacido en Loyola, España, en 1491, fue fundador de la Compañía de Jesús. En 1622 El Papa Gregorio XV le proclamó SANTO. Es patrono de los jesuitas y de los ejercicios espirituales. Sus restos se veneran en la Iglesia del Jesús, en Roma. Unidos a la familia ignaciana y a cuantos hacen de su vida un ofrecimiento para la "mayor gloria de Dios", brindemos nuestro vivo aplauso a San Ignacio de Loyola.

 

Meditación

QUERIDO SAN IGNACIO: recordar tu vida, es compartir contigo el maravilloso proceso de conversión y crecimiento espiritual que vivió tu alma. La gracia y la naturaleza hicieron de ti a uno de los santos más grandes de la Iglesia. Todo empezó en aquella batalla en el castillo de Pamplona cuando, atacado por Francisco I de Francia, caes herido en una pierna. Durante tu convalescencia, llegan a tus manos algunos libros, en lugar de las de novelas de caballería que habías pedido: la vida de Cristo, de Ludolfo de Sasonia, y la vida de los Santos. Éstos fueron poniendo un nuevo horizonte en tu vida: ser santo como ellos. Empiezas a aprender a "discernir los espíritus" que actúan en tu interior, para seguir el "bueno y rechazar el malo". Así, dejas Loyola, y comienzas tu peregrinaje a la santidad. ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por él? ¿Qué debo hacer?. Estas preguntas fueron orientando e impulsando tu camino hacia la perfección. Te reúnes con un grupo de amigos con quienes compartes tu ideal de "La mayor gloria de Dios y la salvación de las almas". En una visión extraordinaria a las orillas del río Cardoner empiezas a ver las cosas de una manera totalmente nueva y decides organizar con tus amigos un grupo: nace así la Compañía de Jesús, marcada desde el principio por el signo del amor y la contradicción. En aquel pequeño cuarto del Jesús, en Roma, escribes las Constituciones: "Imitar a Cristo, vivir en pobreza, ser obediente como bastón de hombre viejo, encontrar a Dios en todas las cosas", estas fueron las columnas de la orden que dejas en herencia a la Iglesia.

 

 
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